Personas que pasan por la tormenta.

La tormenta en todos los países.

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viernes, 1 de junio de 2012

Capítulo 1: Cómo el amor se evapora al calor de la rutina.


Jupiter Island, Florida
26 de mayo. 02:16

El cartel de "Night'S Mine Club" naranja y rosa flúor declaraba que el club acababa de abrir, por lo que la noche empezaba. No había colas ni porteros. El "Night'S Mine Club" estaba situado en la última planta del edificio más alto de Florida, y era un club tan exclusivo, que los clientes tenían una tarjeta que les permitía entrar a cualquier hora y cuyos gastos, como copas o compañía se cargaba a la tarjeta. El club estaba creado para los ricos más exigentes. Desde su amplio establecimiento, con más de 20 salas ambientadas todas de diferentes formas, hasta el tipo de música, estaba pensado para ellos. Las salas tenían por pared unos gigantescos ventanales que daban a las mejores vistas de Florida. En total, el local ocupaba las cuatro últimas plantas del edificio. Iba por orden de lujo, siendo las más baratas los pisos de abajo y los más caros los de arriba. La sala principal constaba de farolillos que cambiaban la tonacidad y el color de la luz cada poco tiempo. El azul eléctrico de las paredes hacía que la noche fuera eterna y del negro de los sillones resplandecía intimidad. El diseño de las copas era igual o inlcuso más lujoso que las propias joyas que llevaban los clientes y la forma en la que se presentaban, te recordaba de que estabas de fiesta y eso era un punto a favor. Las mesas redondas y plateadas estaban pensadas para los inevitables golpes contra las esquinas de las mesas cuadradas.(Que puede ser una bobada, pero más de uno se había llevado golpes). Todo estaba pensado para los clientes, y eso se notaba en la cantidad de gente que había. Y aunque aquí no había temporadas altas o bajas, -y normalmente mayo, no era muy visitado- había una cantidad de gente impresionante. Podrían haber 20.000 personas restando a los del servicio y la compañía. El servicio, no era nada especial, todos con esmoquin -hasta las chicas- de pantalon largo y negro, camiseta blanca corbata negra y chaqueta negra. Todos tenían su placa y sus zapatos fosforitos. Había tres tipos de servicios. Los camareros, que se ocupaban de que el vaso de su cliente estuviera siempre lleno y que encontrara el local a su gusto. Los aparcacoches, quienes se encargaban de llevar los coches a su aparcamiento correspondiente en el parking y más tarde dejar a los clientes más borrachos en su casa, y por último la compañía, chicos y chicas de diferentes razas y lugares de procedencia. Los más ocupados solían ser las modelos europeas y latinoamericanas y los modelos serbios-croatas, noruego o alemanes. Todos sabían hablar al menos cinco lenguas: el inglés, el español, el francés, el italiano, el alemán y algunos sabían hasta ruso. En fin, que si eras un joven -y no tan joven- rico/a que buscaba divertirse y no acordarse de nada al día siguiente,  esta era tu mejor opción.
Era sábado  el club brillaba en su totalidad. La gente brotaba de todos lados. Hoy, el club conmemoraba su décimo quinto aniversario. La expectación era total. El ambiente era increíble. Cuando nuestro Aston Martin frenó justo delante de la alfombra roja, y mi padre y yo nos bajamos, una marea de periodistas deseosos de concertar una entrevista se abalanzaron contra las barreras de seguridad. La policía les obligó a retroceder pidiendo un poco de calma, pero la prensa no les hizo absolutamente ningún caso. Mi padre mostró su mejor sonrisa. Los dientes blancos relucían bajo las luces de neón del club. Empujó ligeramente mi espalda con la mano derecha y con la izquierda la levantó saludando a todo el mundo. En nuestro paso por la alfombra varios periodistas nos pararon, hicieron preguntas y felicitaron al verdadero deuño del club; mi padre. Mientras, yo permanecía en un segundo plano, se suponía que ‘aprendiendo’ o eso era lo que quería mi padre. Realmente, había dejado de prestar atención a las preguntas y a los periodistas. Me limité a fijarme en mi padre. Treinta años. Alto, pelo rubio ceniza corto y ojos marrones. La adicción al gimnasio de mi madre había dado sus frutos. En pocos meses, mi padre había sustituido la temprana barriga cervecera por un cuerpo bien formado. Tenía los músculos bastantes fuertes aunque no llegaba a ser un musculitos. Simplemente ahora podía lucir sus abdominales. Agradecido se despidió de ese periodista y pasó a otro. Estaba dispuesto a seguirle cuando se paró, se acercó a mí y me dijo:
-         -          Será mejor que apagues el móvil.
-          ¿Qué? –contenté confundido.
-          El móvil. Te vibra en el bolsillo. Sería capaz de verlo vibrar desde miles de kilómetros- dijo exageradamente.
Me aparté del resto, que no parecían darse cuenta de que yo estaba allí. Saqué el móvil de mi bolsillo y miré la pantalla iluminada: Eleanor Hayes. 

Kensington Gardens, Londres.
26 de junio. 06:50.
Me despertó la vibración del móvil en mi regazo. Bip-bip.Bip-bip. Abrí lentamente los ojos, esperando a que se acostumbraran a la luz del día. Enfoqué, queriendo encontrar los tonos rosas pálidos de la pared de mi cuarto. Pero, en vez de eso, mis ojos vislumbraron un ligero azul glaciar. Me giré buscando la gruesa colcha de mi cama. Pero me caí al suelo. Confusa, abrí los ojos de golpe, y tras cegarme con la luz, distinguí el lago helado y una colina totalmente blanca. Oh no…Me había quedado dormida en la marquesina, y encima había nevado. Me levanté rápidamente y una ráfaga de viento revolvió mi pelo y me hizo temblar. El móvil volvió a sonar. Bip-bip.Bip-bip. Lo desbloqueé, pero el frío contacto con el metal me hizo tirarlo. Quemaba. Lo recogí del suelo agarrándolo con la bufanda. La pantalla estaba iluminada. Veinticinco llamadas perdidas de mi madre, tres de mi padre y diez de Jace. Habían también otras de Carola y de Amy, pero no me dio tiempo de ver cuántas, porque la pantalla se volvió a iluminar, marcando un nombre y un número: Jace.
-          ¿Diga?- dije con voz mañanera.
-          ¿Bianca?-sonó su voz esperanzado.
-          Dime Jace.
-          ¿Dónde puñetas estás? ¿Estás bien?–la esperanza dejó paso a la inquietud.
-          Sí, sí. Estoy en el parque. Anoche cuando mis padres estaban en la gala, me vine a dar una vuelta y me quedé dormida en la marquesina.
-          ¿Estás loca? ¿Has visto bien el parque? Hay medio metro de nieve. Lo cerraron anoche por fuertes nevadas.
Era verdad, no me había dado cuenta, pero los escalones de la marquesina no se distinguían de la nieve del alrededor. Si hubiera salido del lugar, fijo que me hubiera caído.
-          Lo siento, pretendía volver anoche.
-          Vale, vale, yo no voy a ser quien te eche la bronca. ¿Te voy a buscar o llamas a Jake?
-          No, no, creo que vuelvo caminando.
-          Bianca, sé realista. Las puertas están cerradas, y debes estar a punto de caer en una hipotermia. Déjalo, te voy a buscar. No te muevas de ahí, y llama a tu madre. Dile que estás bien.- Y colgó.
Jace era así. Cuando algo le preocupaba, se enfadaba. Le gustaba tener toda la situación bajo control. Saber lo que pasará. En cualquier momento. Y si algo se le iba de las manos, se molestaba. Quizás eso era lo que me gustaba de él. Su forma de preocuparse por mí. Mover cielo y tierra para conseguir que yo estuviera sana y salva. Quizás era el por qué de haberme enamorado de él.
Después, también estaba mi madre. Eleanor. Aliada infinita de Jace. Pasa más tiempo ella con él que yo, y eso que yo soy la novia. Hay veces que pienso, que mi madre, es una de las causas por las que salgo con Jace. Quizás solo sea una de mis muchas locuras. De repente, la imagen de mi madre embarazada firmando un acuerdo con la madre embarazada de Jace asaltó mi mente. Ambas sonreían y brindaban. La vulnerabilidad mía frente a mi madre me recorrió la sangre, y la encendió. ¿Acaso ella era capaz de hacer tal cosa? No lo sabía. Y si lo hubiera hecho, no la hubiera perdonado. Sé que controlaba mi vida, en todos los aspectos, ¿pero hasta ese punto? Enfadada, guardé el móvil y no llamé a mi madre. Lo consideraba un castigo para ella, por si acaso lo hubiera hecho.
Jace, llegó justamente veinticuatro minutos después de colgar. El cielo estaba tornándose gris y volvió el viento helado  de la noche anterior. Empezaba a temblar sentada en los escalones cuando apareció él. El todoterreno de mi padre giró por la esquina del lago. Era impresionante como volaba sobre la espesa nieve, sin detenerse ni derrapar. Con un frenado seco, se paró justo delante de la marquesina. De él, se bajó un apuesto chico rubio de ojos azules envuelto en un montón de abrigos. No se molestó en cerrar la puerta del coche. En cuanto bajó, salió disparado hacia mí. Me envolvió en mantas y me levantó en volandas llevándome al coche. Una vez allí, abrió la puerta del maletero y me acostó en él, en una muy buena cama improvisada, quitando los sillones traseros y colocando varias mantas.
-          Venga ya Jace, ni que fuera una niña pequeña. No hacía falta ni que me trajeras en volandas. Sé caminar.
-          No estás en condiciones de decidir si hace falta o no. Seguramente ni te habrás visto la cara que tienes. Estás pálida y tienes los labios agrietados y secos. Te llevaré a casa y llamaremos al doctor.
-          Ni se te ocurra. – le lancé una mirada amenazadora. Si había una cosa que no me gustaba para nada, eran los médicos. Me daban arcadas cada vez que nos visitaba uno.
-          No tengo ganas de discutir.- después me miró asolado por el miedo- Bianca, me has dado un susto de muerte. Estaba en la discoteca cuando tu madre me llamó desesperada que habías desaparecido. Luego llamé a Carola y a Amy, pero nadie te conseguía localizar. Tuve que coger el avión y venirme.
-          Pero ¿qué hice? ¿Venir al parque y quedarme a dormir?-reproché.- Si tanta molestia te causó, vuelve a Florida.
-          ¿Podemos hablar sin que te pongas a la defensiva? Sabes que no tienes razón. –estaba en lo cierto. Bajé la cabeza y aparté la mirada de sus ojos acusadores.-Te quiero.
Su enfado desapareció y dejó salir al Jace que yo tanto quería. Romántico y especial. Sincero y vulnerable. Me atrajo hacia sus brazos y me envolvió con ellos. Me besó la frente y enterró la cabeza en mi pelo.
-          Quedémonos aquí. Acurrúcate a mi lado y dame calor. Estoy muerta de frío.- le susurré en el pecho.
-          Sabes que debemos volver. Todos están muy preocupados ¿Llamaste a tu madre?
-          No.
-          ¡Bianca! Deja de comportarte como una niña pequeña.
-          Vale, vale. Hacemos un trato. Me llevas a casa, me ducho y me cambio de ropa, y luego bajamos al cine y nos acurrucamos en el sofá. Me cuentas con pelos y señales qué pasó para que se pusieran todos así y yo te prometo que hablo con mi madre.
-          Mira que eres caprichosa…-rechistó. Entonces, me clavó sus ojos azules. Poco a poco, veía que mi fuerza de voluntad podía con él, hasta que terminó de ceder- Pero te tendrás que acostar aquí mientras tanto. ¿Prometido?
-          Prometido. – y sellé el pacto con un beso.
El contacto de sus labios cálidos sobre los míos helados hizo bien. Un beso suave pero reconfortador. Sencillo. Pero los labios me dolían lo que me obligó a separarme de él. Me quedé mirándole con mordiéndome el labio, admirando en secreto todo el esfuerzo que había empleado en buscarme en mi fuga inesperada –incluso para mí- de mi casa. Me acosté sobre la cama. Luego él me picó un ojo, cerró la puerta del maletero y se subió delante:
-          Descansa, pondré la calefacción.
-          Dudo que pueda dormir. Pero lo intentaré.
A los cincos minutos caí rendida. El calor del coche deshelaba cada parte de mi cuerpo, me reconfortaba. El olor de mi padre en el coche y de la colonia de Jace en su chaquetón y las mantas,  me hacía sentirme segura. Los párpados fueron cayéndome lentamente. Hasta el momento en el que no pude más y los cerré completamente. Estaba agarrotada por el frío. Pero estaba sana y salva.


Kensington Palace, Londres.
26 de junio. 09:15.
Habíamos llegado hará dos horas y media. La había dejado en su cuarto y me había quedado un rato en el balcón. Fuera, el sol ya había salido tras las negras nubes, y con él, el servicio había empezado a trabajar. Las quitanieves estaban en marcha; pero parecía un poco inútil, ya que había empezado a nevar de nuevo. Un punto negro en movimiento revelaba la posición de Jake. Pronto, se le acercó un hombre vestido con una chupa; probablemente, piloto. Eso quería decir que los padres de Bianca, habían regresado de donde estuvieran. Las vistas me aburrían por lo que volví dentro del cuarto. Allí, la temperatura rozaban los veinte grados. Me acerqué a la cama para comprobar que estuviera bien. El pequeño bulto que constituía su cuerpo se revolvió dentro de ella. Estaba metida, escondida entre la colcha de tal forma que solo asomaba parte de su pelo. Era preciosa. En cada fracción de su cuerpo y cada rasgo de su personalidad, brillaba la perfección. Me encantaba su forma de tomárselo todo como un reto, de querer ser siempre fuerte. Admiraba su forma de luchar. Era caprichosa, cabezota y despreocupada. Pero esas cosas también me gustaban. Era demasiado especial. Sabía, que era toda una joya sin pulir. Pronto, sería la presentación en sociedad de su hermana Amy, y esa joya se puliría para que dentro de unos meses, fuera la heredera perfecta del Kensington Palace y todo lo que eso conllevaba. La sonrisa surcó mi cara. Disfrutaba viéndola dormir.
El calor de la habitación me devolvió de golpe a la realidad. No me había cambiado de ropa desde la noche anterior. Todavía seguía llevando el esmoquin pero además, me había enfundado en dos chaquetas y un chaquetón. Me deshice de los abrigos y los llevé al baño de Bianca. Al entrar, me encontré de lleno con su largo y gigante espejo. Me reflejaba hasta la cintura, y lo que vi en él, no me gustó. El paso de la noche, y de las diferentes emociones habían hecho mella en mi cara. Estaba cansado y agarrotado. Coloqué las prendas en el perchero y volví al espejo. Tenía la cara desgastada y grandes ojeras. Pero, no tenía sueño. Sino cansancio. Ganas de estar en un sillón viendo la tele acurrucado con Bianca. Ganas de ducharme con agua caliente, cambiarme de ropa y meterme en la cama junto a ella. Quizás porque aunque no lo demostrara, ella era la mayor parte de mí, y quería aprovechar cada segundo en su compañía.
Me mojé la cara en agua y me sequé con la toalla rosada para la cara y manos. No tardé en decidir que debería volver al salón para reencontrarme con sus padres y comunicarles que se encontraba bien. Abandoné baño, y me acerqué a la cama. Me apoyé en la colcha, pero el peso de mi cuerpo hizo que se volviera a mover. Dejó asomar su cara. Sus párpados estaban cerrados y  forzados, y sus labios describían una mueca. Parecía frustrada. No pude evitar sonreír, inclinar la cabeza y darle un suave beso en sus labios. Su expresión se relajó y su boca sonrió ligeramente. Un suspiro recorrió mi cuerpo y salió por mi boca. Después me levanté y me fui.
No había llegado al final de las escaleras cuando una voz aguda y escandalosa me llamó:
-          Jace.- y detrás de ese eco en el pasillo, apareció Eleanor tan altiva y elegante como siempre.
-          Hola Señora Hayes.
-          Buenos días, ¿y Bianca? ¿La has encontrado?
-          Sí, está arriba en su cuarto descansando.
-          ¿Dónde estaba?-dijo intentando esconder su alivio.
-          En el parque. Al parecer anoche mientras su marido y usted estaban fuera, ella fue a dar un paseo y se quedó dormida en la marquesina.
-          Bendito el día en que su padre le enseñó esa marquesina. ¿Cómo se atreve a desaparecer así sin dejar un recado al servicio? – sus rasgos se tronaron enfadados y confusos- ¿Acaso la he educado mal? ¿Qué dirán de mí en la asociación si se enteran de que he dejado que mi hija duerma en un parque, como una indigente?
-          No creo que sea para tanto. Además, déjela descansar, después podrá hablar con ella.
-          Tú deberías ducharte. Después reúnete con Lucas en el despacho. Ya sabes dónde están tus aposentos.-su tono de majestuosidad no me impresionaba. Le encantaba el hecho de vivir en un palacio, sin ser reina.
-          Gracias Eleanor.
No añadió nada más. Simplemente se dio la vuelta y continuó con su largos andares, llevándose la seriedad y la formalidad tras sus tacones de agujas que no hacían más que repiquetear contra el mármol del suelo.
Yo, en cambio, di la vuelta y volví al pasillo. Al llegar a mi habitación, me di cuenta de que todo estaba exactamente igual que la última vez que me había quedado allí, a finales de año. Ni siquiera había polvo en la mesa y en el armario se encontraba la misma ropa que yo había dejado. El baño sí que había cambiado. Antes era de un fuerte rojo y un negro profundo mientras que ahora, jugaba con los tonos azules y blancos, recordando el final del invierno. Abrí el grifo de la ducha y me senté en el borde de la bañera. Me quité los zapatos y los dejé en la estantería para que después el servicio se los llevara para limpiarlos. Me deshice del esmoquin, saqué el móvil del bolsillo y lo puse sobre la repisa. Tiré la ropa en una cesta que llevaba directo a la lavandería. Luego abrí la cesta y comprobé que había desaparecido. Repetí lo mismo con los calcetines y los bóxers. En cuanto estuve desnudo me metí en la bañera y dejé que el agua caliente recorriera todo mi cuerpo. El contacto del agua me relajó. Cerré los ojos y apreté el botón de la música. Inmediatamente sonó “Claro de Luna” de Beethoven. La música y el agua reprimieron todo el cansancio. Borraron las huellas de la noche y desapareció el cóctel de preocupación, estrés y dolor que revolvía mi barriga. Revolví mi pelo con champú y me lo aclaré. Luego, salí de la bañera, me sequé el pelo y el cuerpo y me puse la toalla a la cintura. Salí del cuarto y fui al vestidor. Abrí el armario y empecé a hojear ropa cuando de repente, oí la puerta cerrarse y momentos después, alguien me besó el cuello. No hacía falta darme la vuelta para saber quién era. Aún así lo hice, y allí estaba ella:
-          ¡Bianca! Que susto que me diste…-dije con un tono asustado tremendamente fingido.
-          ¿Tan sigilosa soy?
-          Creo que hasta un pato es incluso más sigiloso que tú–la agarré de la cintura y la atraje hacia mí. Le besé. Sus labios tenían un sabor fresco, reparador y perfecto. Era como la cafeína. Cuantos más besos me daba, mejor me sentía. Lo que me mantenía con vida. Cuando se separó de mí, sonrió. Una sonrisa pícara, pero infantil. - ¿Qué tal amaneció la Bella Durmiente?
-          Genial. Excepto por el hecho de que tú no estabas en mi cama.
-          Sí que estaba, pero es aburrido ver a una perezosa dormir.
Se rió y me dio un golpe en el brazo. Luego me abrazó y enterró su cabeza en el hueco de mi cuello. Se hizo el silencio.
-          ¿Vamos a patinar?-susurró.
-          No puedo. Tu padre me requiere abajo.-La aparté. Sujeté su cara entre mis manos y le besé la frente.
-          Vale. Hablamos después, entonces.- y se deshizo de mi cuerpo mirándome herida.
Tal como vino se marchó. Intentó ocultar que le molestaba, intentó fingir que estaba todo bien. Pero sus ojos, en esa fracción de segundo en el que me miró, la delataban. Le molestaba tremendamente que estuviera todo el día trabajando y más aún en vacaciones. Pero jamás decía nada. Se tragaba el dolor y lo escupía en cualquier parte donde nadie pudiera verla. Me dolía dejarla ahí. Pero no podía dividirme y ella lo sabía.
Maldije todo el trabajo mientras me enfundaba en unos pantalones vaqueros azules y un polar rojo. En cuanto encajé los zapatos en mis pies, salí. Al final del pasillo estaba Bianca, pero su visión duró apenas unos segundos porque después, la vi desaparecer en su cuarto y oí como se tiraba sobre la cama. Sé que no iba a llorar. No era de esas. Pero sé que le molestaba y se enfadaba. Le pedí perdón en silencio y bajé al despacho.
La puerta estaba abierta y el padre de Bianca estaba sentado tras el escritorio a un par de metros de mí. Leía el periódico y no se percató de mi presencia. Toqué en la puerta de caoba y el ruido le hizo reaccionar. Me miró por encima de las gafas y su expresión se iluminó. Enseguida se levantó y se acercó a mí. El padre de Bianca era alto. Podría haber sido un gran pivot en cualquier equipo de Los Ángeles. Él en cambio, había decidido ser abogado, y hoy en día disfrutaba de una vida de rico gracias a su considerado trabajo. Pero trabajaba demasiado.
-          ¡Jace! ¿Cuánto hace que no te veo? –me chocó los cinco, en un acto muy juvenil. – Desde fin de año ¿no? Espero que todavía me recuerdes
-          Puede ser. Entre los estudios y el club, no he tenido mucho tiempo de pasarme. Pero sí, Lucas, sigues conservándote igual de bien.
Me podía permitir el lujo de tratarle de esa forma, ya que con el padre de Bianca tenía una estrecha relación que –como por ejemplo- con su mujer, no tenía. Además, eso era cierto. A pesar de todas las horas que trabajaba, no había ni un solo rastro de arrugas por su cara. También, era joven, pero se conservaba como si de un chaval se tratase. La única prueba de que se hacía viejo, era su canoso pelo entre blanco y gris y las patas de gallo al final de la línea del ojo, las cuales a él le gustaba decir que había sido de todas las veces que se había reído y lo había pasado bien. Tras una amplia carcajada, continuó.
-          ¿Quieres algo de beber? ¿Un Martini o algo?-propuso mientras se servía una copa.
-          Que va, ni siquiera he desayunado todavía.
-          Bueno, supongo que ahora irás. – dio un sorbo a su vaso y lo dejó en la mesa- En fin, gracias por traer a Bianca de vuelta. Ya me echó la bronca la jefa por instigar a que pase tanto tiempo en el parque.
-          A mí también me cuesta sacarla del parque.
-          ¿Cómo están tus padres?
-          Ayer dejé a mi padre colgado con la prensa felicitándole el trabajo con su club nocturno. Y mi madre como siempre, todo el día metida en el consejo de padres del Kenyon College.
-          Me alegro, mándales recuerdos. Por cierto. Tenemos que hablar.
-          Por supuesto, aquí estoy. Dime.
-          Ya sabes que el próximo mes, es la presentación en sociedad de Amy y dentro de un par de meses su boda.
-          Es verdad, además, lo van a celebrar en el club. ¿Quiere que haga cambios en la decoración planeada?
-          No. Esto no tiene nada que ver con Amy.
-          Me está matando de la curiosidad.
-          Lo digo por Bianca. Eleanor y yo hemos decidido adelantarle la presentación en sociedad.
-          ¿Cuánto? – pregunté confuso.- No sabía que las presentaciones en sociedad se pudieran realizar antes de los dieciocho.
-          Será a finales de agosto. Justo después de tu cumpleaños.
-          Espere, ¿eso quiere decir, que será junto a mi presentación?
-          Bingo para el Señorito Presley. - y tras ver mi cara de asombro continuó.- Sí Jace, eso quiere decir que le debes pedir matrimonio.
Yo, no sabía qué hacer. Era demasiado pronto. Apenas yo cumpliría dieciocho debía comprometerla. Pero, a la vez, la quería demasiado, y sé que casarme con ella es algo maravilloso. Algo se revolvió dentro de mí. ¿Qué pensaría ella? ¿Diría que sí? De repente, el miedo a ser rechazado me invadió. Millones de preguntas recorrieron mi mente en apenas unos segundos. ¿Qué sería lo próximo? ¿Los tres hijos a los veintidós? ¿Cómo sería la vida de casado con ella? Estaba seguro que si iba a estar trabajando todo el día, no aguantaría mucho. No, no me casaría con ella si supiera que iba a estar igual de decepcionada que esta mañana.
-          ¿No es un poco pronto? No sé. Me parece muy precipitado. Además estoy todo el día trabajando, y a ella, sé que eso no le sienta muy bien.
-          Seguro que ella estará de acuerdo conmigo. Además es lo mejor para ambos. Terminarán sus carreras, tendrán hijos y comerán perdices. Si no, míranos a Eleanor y a mí.
-          ¿Lo puedo consultar con ella primero?
-          No, y lo sabes. Debes de cogerla por sorpresa.
-          De acuerdo, lo pensaré.
-          Encantado de hablar contigo. – y tras un apretón de manos dijo- Por cierto, para acostumbrarse Bianca está deseando pasar el próximo mes en Florida.
-          Yo también.
Me sorprendió la situación. ¿No se suponía que era el novio quien les pedía la mano de su hija a los padres de ésta? Entonces, ¿por qué ahora era al revés?  ¿Por qué eran los padres de Bianca, quienes me pedían que aceptara la mano de ella? Había algo que no encajaba. Quería a Bianca más que a mi vida. Pero, ¿hasta el punto de casarme con ella? No lo sabía.

Claro, que en ese momento no sabía la cantidad de intereses económicos y sociales entre ambas familias que había por medio. 

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