Jupiter Island, Florida
26 de mayo. 02:16
26 de mayo. 02:16
El cartel de "Night'S Mine Club" naranja y rosa flúor declaraba que el club acababa de abrir, por lo que la noche empezaba. No había colas ni porteros. El "Night'S Mine Club" estaba situado en la última planta del edificio más alto de Florida, y era un club tan exclusivo, que los clientes tenían una tarjeta que les permitía entrar a cualquier hora y cuyos gastos, como copas o compañía se cargaba a la tarjeta. El club estaba creado para los ricos más exigentes. Desde su amplio establecimiento, con más de 20 salas ambientadas todas de diferentes formas, hasta el tipo de música, estaba pensado para ellos. Las salas tenían por pared unos gigantescos ventanales que daban a las mejores vistas de Florida. En total, el local ocupaba las cuatro últimas plantas del edificio. Iba por orden de lujo, siendo las más baratas los pisos de abajo y los más caros los de arriba. La sala principal constaba de farolillos que cambiaban la tonacidad y el color de la luz cada poco tiempo. El azul eléctrico de las paredes hacía que la noche fuera eterna y del negro de los sillones resplandecía intimidad. El diseño de las copas era igual o inlcuso más lujoso que las propias joyas que llevaban los clientes y la forma en la que se presentaban, te recordaba de que estabas de fiesta y eso era un punto a favor. Las mesas redondas y plateadas estaban pensadas para los inevitables golpes contra las esquinas de las mesas cuadradas.(Que puede ser una bobada, pero más de uno se había llevado golpes). Todo estaba pensado para los clientes, y eso se notaba en la cantidad de gente que había. Y aunque aquí no había temporadas altas o bajas, -y normalmente mayo, no era muy visitado- había una cantidad de gente impresionante. Podrían haber 20.000 personas restando a los del servicio y la compañía. El servicio, no era nada especial, todos con esmoquin -hasta las chicas- de pantalon largo y negro, camiseta blanca corbata negra y chaqueta negra. Todos tenían su placa y sus zapatos fosforitos. Había tres tipos de servicios. Los camareros, que se ocupaban de que el vaso de su cliente estuviera siempre lleno y que encontrara el local a su gusto. Los aparcacoches, quienes se encargaban de llevar los coches a su aparcamiento correspondiente en el parking y más tarde dejar a los clientes más borrachos en su casa, y por último la compañía, chicos y chicas de diferentes razas y lugares de procedencia. Los más ocupados solían ser las modelos europeas y latinoamericanas y los modelos serbios-croatas, noruego o alemanes. Todos sabían hablar al menos cinco lenguas: el inglés, el español, el francés, el italiano, el alemán y algunos sabían hasta ruso. En fin, que si eras un joven -y no tan joven- rico/a que buscaba divertirse y no acordarse de nada al día siguiente, esta era tu mejor opción.
Era sábado el club brillaba en
su totalidad. La gente brotaba de todos lados. Hoy, el club conmemoraba su
décimo quinto aniversario. La expectación era total. El ambiente era increíble.
Cuando nuestro Aston Martin frenó justo delante de la alfombra roja, y mi padre
y yo nos bajamos, una marea de periodistas deseosos de concertar una entrevista
se abalanzaron contra las barreras de seguridad. La policía les obligó a
retroceder pidiendo un poco de calma, pero la prensa no les hizo absolutamente
ningún caso. Mi padre mostró su mejor sonrisa. Los dientes blancos relucían
bajo las luces de neón del club. Empujó ligeramente mi espalda con la mano
derecha y con la izquierda la levantó saludando a todo el mundo. En nuestro
paso por la alfombra varios periodistas nos pararon, hicieron preguntas y
felicitaron al verdadero deuño del club; mi padre. Mientras, yo permanecía en
un segundo plano, se suponía que ‘aprendiendo’ o eso era lo que quería mi padre.
Realmente, había dejado de prestar atención a las preguntas y a los
periodistas. Me limité a fijarme en mi padre. Treinta años. Alto, pelo rubio
ceniza corto y ojos marrones. La adicción al gimnasio de mi madre había dado
sus frutos. En pocos meses, mi padre había sustituido la temprana barriga
cervecera por un cuerpo bien formado. Tenía los músculos bastantes fuertes
aunque no llegaba a ser un musculitos. Simplemente ahora podía lucir sus
abdominales. Agradecido se despidió de ese periodista y pasó a otro. Estaba
dispuesto a seguirle cuando se paró, se acercó a mí y me dijo:
- -
Será mejor que apagues el móvil.
-
¿Qué? –contenté confundido.
-
El móvil. Te vibra en el bolsillo. Sería capaz
de verlo vibrar desde miles de kilómetros- dijo exageradamente.
Me aparté del resto, que no parecían darse cuenta de que yo estaba
allí. Saqué el móvil de mi bolsillo y miré la pantalla iluminada: Eleanor
Hayes.
Kensington
Gardens, Londres.
26 de junio. 06:50.
Me
despertó la vibración del móvil en mi regazo. Bip-bip.Bip-bip. Abrí
lentamente los ojos, esperando a que se acostumbraran a la luz del día.
Enfoqué, queriendo encontrar los tonos rosas pálidos de la pared de mi cuarto.
Pero, en vez de eso, mis ojos vislumbraron un ligero azul glaciar. Me giré
buscando la gruesa colcha de mi cama. Pero me caí al suelo. Confusa, abrí los
ojos de golpe, y tras cegarme con la luz, distinguí el lago helado y una colina
totalmente blanca. Oh no…Me había quedado dormida en la marquesina, y encima
había nevado. Me levanté rápidamente y una ráfaga de viento revolvió mi pelo y
me hizo temblar. El móvil volvió a sonar. Bip-bip.Bip-bip.
Lo desbloqueé, pero el frío contacto con el metal me hizo tirarlo. Quemaba.
Lo recogí del suelo agarrándolo con la bufanda. La pantalla estaba iluminada.
Veinticinco llamadas perdidas de mi madre, tres de mi padre y diez de Jace. Habían
también otras de Carola y de Amy, pero no me dio tiempo de ver cuántas, porque
la pantalla se volvió a iluminar, marcando un nombre y un número: Jace.
-
¿Diga?- dije con voz mañanera.
-
¿Bianca?-sonó su voz esperanzado.
-
Dime Jace.
-
¿Dónde puñetas estás? ¿Estás bien?–la esperanza
dejó paso a la inquietud.
-
Sí, sí. Estoy en el parque. Anoche cuando mis
padres estaban en la gala, me vine a dar una vuelta y me quedé dormida en la
marquesina.
-
¿Estás loca? ¿Has visto bien el parque? Hay
medio metro de nieve. Lo cerraron anoche por fuertes nevadas.
Era verdad, no me había dado cuenta, pero los
escalones de la marquesina no se distinguían de la nieve del alrededor. Si
hubiera salido del lugar, fijo que me hubiera caído.
-
Lo siento, pretendía volver anoche.
-
Vale, vale, yo no voy a ser quien te eche la
bronca. ¿Te voy a buscar o llamas a Jake?
-
No, no, creo que vuelvo caminando.
-
Bianca, sé realista. Las puertas están cerradas,
y debes estar a punto de caer en una hipotermia. Déjalo, te voy a buscar. No te
muevas de ahí, y llama a tu madre. Dile que estás bien.- Y colgó.
Jace era así. Cuando algo le preocupaba, se
enfadaba. Le gustaba tener toda la situación bajo control. Saber lo que pasará.
En cualquier momento. Y si algo se le iba de las manos, se molestaba. Quizás
eso era lo que me gustaba de él. Su forma de preocuparse por mí. Mover cielo y
tierra para conseguir que yo estuviera sana y salva. Quizás era el por qué de
haberme enamorado de él.
Después, también estaba mi madre. Eleanor. Aliada
infinita de Jace. Pasa más tiempo ella con él que yo, y eso que yo soy la
novia. Hay veces que pienso, que mi madre, es una de las causas por las que
salgo con Jace. Quizás solo sea una de mis muchas locuras. De repente, la
imagen de mi madre embarazada firmando un acuerdo con la madre embarazada de
Jace asaltó mi mente. Ambas sonreían y brindaban. La vulnerabilidad mía frente
a mi madre me recorrió la sangre, y la encendió. ¿Acaso ella era capaz de hacer
tal cosa? No lo sabía. Y si lo hubiera hecho, no la hubiera perdonado. Sé que
controlaba mi vida, en todos los aspectos, ¿pero hasta ese punto? Enfadada,
guardé el móvil y no llamé a mi madre. Lo consideraba un castigo para ella, por
si acaso lo hubiera hecho.
Jace, llegó justamente veinticuatro minutos después
de colgar. El cielo estaba tornándose gris y volvió el viento helado de la noche anterior. Empezaba a temblar sentada
en los escalones cuando apareció él. El todoterreno de mi padre giró por la
esquina del lago. Era impresionante como volaba sobre la espesa nieve, sin
detenerse ni derrapar. Con un frenado seco, se paró justo delante de la
marquesina. De él, se bajó un apuesto chico rubio de ojos azules envuelto en un
montón de abrigos. No se molestó en cerrar la puerta del coche. En cuanto bajó,
salió disparado hacia mí. Me envolvió en mantas y me levantó en volandas
llevándome al coche. Una vez allí, abrió la puerta del maletero y me acostó en él,
en una muy buena cama improvisada, quitando los sillones traseros y colocando
varias mantas.
-
Venga ya Jace, ni que fuera una niña pequeña. No
hacía falta ni que me trajeras en volandas. Sé caminar.
-
No estás en condiciones de decidir si hace falta
o no. Seguramente ni te habrás visto la cara que tienes. Estás pálida y tienes
los labios agrietados y secos. Te llevaré a casa y llamaremos al doctor.
-
Ni se te ocurra. – le lancé una mirada
amenazadora. Si había una cosa que no me gustaba para nada, eran los médicos.
Me daban arcadas cada vez que nos visitaba uno.
-
No tengo ganas de discutir.- después me miró
asolado por el miedo- Bianca, me has dado un susto de muerte. Estaba en la
discoteca cuando tu madre me llamó desesperada que habías desaparecido. Luego
llamé a Carola y a Amy, pero nadie te conseguía localizar. Tuve que coger el
avión y venirme.
-
Pero ¿qué hice? ¿Venir al parque y quedarme a
dormir?-reproché.- Si tanta molestia te causó, vuelve a Florida.
-
¿Podemos hablar sin que te pongas a la
defensiva? Sabes que no tienes razón. –estaba en lo cierto. Bajé la cabeza y
aparté la mirada de sus ojos acusadores.-Te quiero.
Su enfado desapareció y dejó salir al Jace que yo
tanto quería. Romántico y especial. Sincero y vulnerable. Me atrajo hacia sus
brazos y me envolvió con ellos. Me besó la frente y enterró la cabeza en mi
pelo.
-
Quedémonos aquí. Acurrúcate a mi lado y dame
calor. Estoy muerta de frío.- le susurré en el pecho.
-
Sabes que debemos volver. Todos están muy preocupados
¿Llamaste a tu madre?
-
No.
-
¡Bianca! Deja de comportarte como una niña
pequeña.
-
Vale, vale. Hacemos un trato. Me llevas a casa,
me ducho y me cambio de ropa, y luego bajamos al cine y nos acurrucamos en el
sofá. Me cuentas con pelos y señales qué pasó para que se pusieran todos así y
yo te prometo que hablo con mi madre.
-
Mira que eres caprichosa…-rechistó. Entonces, me
clavó sus ojos azules. Poco a poco, veía que mi fuerza de voluntad podía con
él, hasta que terminó de ceder- Pero te tendrás que acostar aquí mientras
tanto. ¿Prometido?
-
Prometido. – y sellé el pacto con un beso.
El contacto de sus labios cálidos sobre los míos
helados hizo bien. Un beso suave pero reconfortador. Sencillo. Pero los labios
me dolían lo que me obligó a separarme de él. Me quedé mirándole con mordiéndome
el labio, admirando en secreto todo el esfuerzo que había empleado en buscarme
en mi fuga inesperada –incluso para mí- de mi casa. Me acosté sobre la cama.
Luego él me picó un ojo, cerró la puerta del maletero y se subió delante:
-
Descansa, pondré la calefacción.
-
Dudo que pueda dormir. Pero lo intentaré.
A los cincos minutos caí rendida. El calor del
coche deshelaba cada parte de mi cuerpo, me reconfortaba. El olor de mi padre
en el coche y de la colonia de Jace en su chaquetón y las mantas, me hacía sentirme segura. Los párpados fueron
cayéndome lentamente. Hasta el momento en el que no pude más y los cerré
completamente. Estaba agarrotada por el frío. Pero estaba sana y salva.
Kensington Palace,
Londres.
26 de junio.
09:15.
Habíamos llegado hará dos horas y media. La había
dejado en su cuarto y me había quedado un rato en el balcón. Fuera, el sol ya
había salido tras las negras nubes, y con él, el servicio había empezado a
trabajar. Las quitanieves estaban en marcha; pero parecía un poco inútil, ya
que había empezado a nevar de nuevo. Un punto negro en movimiento revelaba la
posición de Jake. Pronto, se le acercó un hombre vestido con una chupa;
probablemente, piloto. Eso quería decir que los padres de Bianca, habían
regresado de donde estuvieran. Las vistas me aburrían por lo que volví dentro
del cuarto. Allí, la temperatura rozaban los veinte grados. Me acerqué a la
cama para comprobar que estuviera bien. El pequeño bulto que constituía su
cuerpo se revolvió dentro de ella. Estaba metida, escondida entre la colcha de
tal forma que solo asomaba parte de su pelo. Era preciosa. En cada fracción de
su cuerpo y cada rasgo de su personalidad, brillaba la perfección. Me encantaba
su forma de tomárselo todo como un reto, de querer ser siempre fuerte. Admiraba
su forma de luchar. Era caprichosa, cabezota y despreocupada. Pero esas cosas
también me gustaban. Era demasiado especial. Sabía, que era toda una joya sin
pulir. Pronto, sería la presentación en sociedad de su hermana Amy, y esa joya
se puliría para que dentro de unos meses, fuera la heredera perfecta del
Kensington Palace y todo lo que eso conllevaba. La sonrisa surcó mi cara. Disfrutaba
viéndola dormir.
El calor de la habitación me devolvió de golpe a la
realidad. No me había cambiado de ropa desde la noche anterior. Todavía seguía
llevando el esmoquin pero además, me había enfundado en dos chaquetas y un
chaquetón. Me deshice de los abrigos y los llevé al baño de Bianca. Al entrar,
me encontré de lleno con su largo y gigante espejo. Me reflejaba hasta la
cintura, y lo que vi en él, no me gustó. El paso de la noche, y de las
diferentes emociones habían hecho mella en mi cara. Estaba cansado y
agarrotado. Coloqué las prendas en el perchero y volví al espejo. Tenía la cara
desgastada y grandes ojeras. Pero, no tenía sueño. Sino cansancio. Ganas de
estar en un sillón viendo la tele acurrucado con Bianca. Ganas de ducharme con
agua caliente, cambiarme de ropa y meterme en la cama junto a ella. Quizás
porque aunque no lo demostrara, ella era la mayor parte de mí, y quería
aprovechar cada segundo en su compañía.
Me mojé la cara en agua y me sequé con la toalla
rosada para la cara y manos. No tardé en decidir que debería volver al salón
para reencontrarme con sus padres y comunicarles que se encontraba bien.
Abandoné baño, y me acerqué a la cama. Me apoyé en la colcha, pero el peso de
mi cuerpo hizo que se volviera a mover. Dejó asomar su cara. Sus párpados
estaban cerrados y forzados, y sus
labios describían una mueca. Parecía frustrada. No pude evitar sonreír, inclinar
la cabeza y darle un suave beso en sus labios. Su expresión se relajó y su boca
sonrió ligeramente. Un suspiro recorrió mi cuerpo y salió por mi boca. Después
me levanté y me fui.
No había llegado al final de las escaleras cuando
una voz aguda y escandalosa me llamó:
-
Jace.- y detrás de ese eco en el pasillo, apareció
Eleanor tan altiva y elegante como siempre.
-
Hola Señora Hayes.
-
Buenos días, ¿y Bianca? ¿La has encontrado?
-
Sí, está arriba en su cuarto descansando.
-
¿Dónde estaba?-dijo intentando esconder su
alivio.
-
En el parque. Al parecer anoche mientras su
marido y usted estaban fuera, ella fue a dar un paseo y se quedó dormida en la
marquesina.
-
Bendito el día en que su padre le enseñó esa
marquesina. ¿Cómo se atreve a desaparecer así sin dejar un recado al servicio?
– sus rasgos se tronaron enfadados y confusos- ¿Acaso la he educado mal? ¿Qué
dirán de mí en la asociación si se enteran de que he dejado que mi hija duerma
en un parque, como una indigente?
-
No creo que sea para tanto. Además, déjela
descansar, después podrá hablar con ella.
-
Tú deberías ducharte. Después reúnete con Lucas
en el despacho. Ya sabes dónde están tus aposentos.-su tono de majestuosidad no
me impresionaba. Le encantaba el hecho de vivir en un palacio, sin ser reina.
-
Gracias Eleanor.
No añadió nada más. Simplemente se dio la vuelta y
continuó con su largos andares, llevándose la seriedad y la formalidad tras sus
tacones de agujas que no hacían más que repiquetear contra el mármol del suelo.
Yo, en cambio, di la vuelta y volví al pasillo. Al
llegar a mi habitación, me di cuenta de que todo estaba exactamente igual que la
última vez que me había quedado allí, a finales de año. Ni siquiera había polvo
en la mesa y en el armario se encontraba la misma ropa que yo había dejado. El
baño sí que había cambiado. Antes era de un fuerte rojo y un negro profundo
mientras que ahora, jugaba con los tonos azules y blancos, recordando el final
del invierno. Abrí el grifo de la ducha y me senté en el borde de la bañera. Me
quité los zapatos y los dejé en la estantería para que después el servicio se
los llevara para limpiarlos. Me deshice del esmoquin, saqué el móvil del
bolsillo y lo puse sobre la repisa. Tiré la ropa en una cesta que llevaba
directo a la lavandería. Luego abrí la cesta y comprobé que había desaparecido.
Repetí lo mismo con los calcetines y los bóxers. En cuanto estuve desnudo me
metí en la bañera y dejé que el agua caliente recorriera todo mi cuerpo. El
contacto del agua me relajó. Cerré los ojos y apreté el botón de la música.
Inmediatamente sonó “Claro de Luna” de Beethoven. La música y el agua reprimieron
todo el cansancio. Borraron las huellas de la noche y desapareció el cóctel de
preocupación, estrés y dolor que revolvía mi barriga. Revolví mi pelo con
champú y me lo aclaré. Luego, salí de la bañera, me sequé el pelo y el cuerpo y
me puse la toalla a la cintura. Salí del cuarto y fui al vestidor. Abrí el
armario y empecé a hojear ropa cuando de repente, oí la puerta cerrarse y momentos
después, alguien me besó el cuello. No hacía falta darme la vuelta para saber
quién era. Aún así lo hice, y allí estaba ella:
-
¡Bianca! Que susto que me diste…-dije con un
tono asustado tremendamente fingido.
-
¿Tan sigilosa soy?
-
Creo que hasta un pato es incluso más sigiloso
que tú–la agarré de la cintura y la atraje hacia mí. Le besé. Sus labios tenían
un sabor fresco, reparador y perfecto. Era como la cafeína. Cuantos más besos
me daba, mejor me sentía. Lo que me mantenía con vida. Cuando se separó de mí,
sonrió. Una sonrisa pícara, pero infantil. - ¿Qué tal amaneció la Bella
Durmiente?
-
Genial. Excepto por el hecho de que tú no
estabas en mi cama.
-
Sí que estaba, pero es aburrido ver a una
perezosa dormir.
Se rió y me dio un golpe en el brazo. Luego me
abrazó y enterró su cabeza en el hueco de mi cuello. Se hizo el silencio.
-
¿Vamos a patinar?-susurró.
-
No puedo. Tu padre me requiere abajo.-La aparté.
Sujeté su cara entre mis manos y le besé la frente.
-
Vale. Hablamos después, entonces.- y se deshizo
de mi cuerpo mirándome herida.
Tal como vino se marchó. Intentó ocultar que le
molestaba, intentó fingir que estaba todo bien. Pero sus ojos, en esa fracción de
segundo en el que me miró, la delataban. Le molestaba tremendamente que
estuviera todo el día trabajando y más aún en vacaciones. Pero jamás decía
nada. Se tragaba el dolor y lo escupía en cualquier parte donde nadie pudiera
verla. Me dolía dejarla ahí. Pero no podía dividirme y ella lo sabía.
Maldije todo el trabajo mientras me enfundaba en
unos pantalones vaqueros azules y un polar rojo. En cuanto encajé los zapatos
en mis pies, salí. Al final del pasillo estaba Bianca, pero su visión duró
apenas unos segundos porque después, la vi desaparecer en su cuarto y oí como
se tiraba sobre la cama. Sé que no iba a llorar. No era de esas. Pero sé que le
molestaba y se enfadaba. Le pedí perdón en silencio y bajé al despacho.
La puerta estaba abierta y el padre de Bianca estaba
sentado tras el escritorio a un par de metros de mí. Leía el periódico y no se
percató de mi presencia. Toqué en la puerta de caoba y el ruido le hizo
reaccionar. Me miró por encima de las gafas y su expresión se iluminó.
Enseguida se levantó y se acercó a mí. El padre de Bianca era alto. Podría
haber sido un gran pivot en cualquier
equipo de Los Ángeles. Él en cambio, había decidido ser abogado, y hoy en día
disfrutaba de una vida de rico gracias a su considerado trabajo. Pero trabajaba
demasiado.
-
¡Jace! ¿Cuánto hace que no te veo? –me chocó los
cinco, en un acto muy juvenil. – Desde fin de año ¿no? Espero que todavía me
recuerdes
-
Puede ser. Entre los estudios y el club, no he
tenido mucho tiempo de pasarme. Pero sí, Lucas, sigues conservándote igual de
bien.
Me podía permitir el lujo de tratarle de esa forma,
ya que con el padre de Bianca tenía una estrecha relación que –como por
ejemplo- con su mujer, no tenía. Además, eso era cierto. A pesar de todas las
horas que trabajaba, no había ni un solo rastro de arrugas por su cara.
También, era joven, pero se conservaba como si de un chaval se tratase. La
única prueba de que se hacía viejo, era su canoso pelo entre blanco y gris y
las patas de gallo al final de la línea del ojo, las cuales a él le gustaba
decir que había sido de todas las veces que se había reído y lo había pasado
bien. Tras una amplia carcajada, continuó.
-
¿Quieres algo de beber? ¿Un Martini o
algo?-propuso mientras se servía una copa.
-
Que va, ni siquiera he desayunado todavía.
-
Bueno, supongo que ahora irás. – dio un sorbo a
su vaso y lo dejó en la mesa- En fin, gracias por traer a Bianca de vuelta. Ya
me echó la bronca la jefa por instigar a que pase tanto tiempo en el parque.
-
A mí también me cuesta sacarla del parque.
-
¿Cómo están tus padres?
-
Ayer dejé a mi padre colgado con la prensa
felicitándole el trabajo con su club nocturno. Y mi madre como siempre, todo el
día metida en el consejo de padres del Kenyon College.
-
Me alegro, mándales recuerdos. Por cierto. Tenemos
que hablar.
-
Por supuesto, aquí estoy. Dime.
-
Ya sabes que el próximo mes, es la presentación
en sociedad de Amy y dentro de un par de meses su boda.
-
Es verdad, además, lo van a celebrar en el club.
¿Quiere que haga cambios en la decoración planeada?
-
No. Esto no tiene nada que ver con Amy.
-
Me está matando de la curiosidad.
-
Lo digo por Bianca. Eleanor y yo hemos decidido
adelantarle la presentación en sociedad.
-
¿Cuánto? – pregunté confuso.- No sabía que las
presentaciones en sociedad se pudieran realizar antes de los dieciocho.
-
Será a finales de agosto. Justo después de tu
cumpleaños.
-
Espere, ¿eso quiere decir, que será junto a mi
presentación?
-
Bingo para el Señorito Presley. - y tras ver mi
cara de asombro continuó.- Sí Jace, eso quiere decir que le debes pedir matrimonio.
Yo, no sabía qué hacer. Era demasiado pronto.
Apenas yo cumpliría dieciocho debía comprometerla. Pero, a la vez, la quería
demasiado, y sé que casarme con ella es algo maravilloso. Algo se revolvió
dentro de mí. ¿Qué pensaría ella? ¿Diría que sí? De repente, el miedo a ser
rechazado me invadió. Millones de preguntas recorrieron mi mente en apenas unos
segundos. ¿Qué sería lo próximo? ¿Los tres hijos a los veintidós? ¿Cómo sería
la vida de casado con ella? Estaba seguro que si iba a estar trabajando todo el
día, no aguantaría mucho. No, no me casaría con ella si supiera que iba a estar
igual de decepcionada que esta mañana.
-
¿No es un poco pronto? No sé. Me parece muy
precipitado. Además estoy todo el día trabajando, y a ella, sé que eso no le
sienta muy bien.
-
Seguro que ella estará de acuerdo conmigo.
Además es lo mejor para ambos. Terminarán sus carreras, tendrán hijos y comerán
perdices. Si no, míranos a Eleanor y a mí.
-
¿Lo puedo consultar con ella primero?
-
No, y lo sabes. Debes de cogerla por sorpresa.
-
De acuerdo, lo pensaré.
-
Encantado de hablar contigo. – y tras un apretón
de manos dijo- Por cierto, para acostumbrarse Bianca está deseando pasar el
próximo mes en Florida.
-
Yo también.
Me sorprendió la situación. ¿No se suponía que era
el novio quien les pedía la mano de su hija a los padres de ésta? Entonces,
¿por qué ahora era al revés? ¿Por qué
eran los padres de Bianca, quienes me pedían que aceptara la mano de ella?
Había algo que no encajaba. Quería a Bianca más que a mi vida. Pero, ¿hasta el
punto de casarme con ella? No lo sabía.
Claro, que en ese momento no sabía la cantidad de
intereses económicos y sociales entre ambas familias que había por medio.





