Kensington Gardens, Londres.
25 de mayo. 18:31.
Las luces de las farolas se encendieron con un breve zumbido. En las copas de los árboles, varias ardillas escandalosas jugueteaban. Un poco más lejos, se oía el pulular de algún que otro búho madrugador. El sol caía lentamente tras el Kensington Palace, y con él, se llevaba otro día más. Poco a poco, el parque empezó a tornase oscuro y misterioso. Hacía un frío inusual. El año pasado, por esta época, no hacía falta nada más que un pequeño paraguas para las lluvias imprevistas. Pero claro, el año pasado no hacían menos cinco grados. Metí la cabeza entre la bufanda y mi cuello intentando dar calor a mi nariz helada; pero la fuerte brisa no ayudó. Gran parte de mi cuerpo ya se había congelado. Me acurruqué lo más que pude en el abrigo y salí corriendo hacia la marquesina en cuanto mis ojos la vieron asomarse por la curva. Cuando llegué me costaba respirar. El aire helado que entraba por los agrietados labios no terminaba de calentarse antes de llegarme a los pulmones. Me senté en el banco de hierro a recuperar aire. Las vistas al lago eran preciosas. Parte de éste, se había helado y un par de ocas y cisnes estaban caminando por el hielo. A mi derecha, se erguía la estatua de Peter Pan, tan juvenil y fresca como siempre. Adoraba esa figura, era como un punto de referencia para mí. Si estaba mal, iba y me sentaba junto a ella. Si algo me había salido genial, iba, y se lo contaba. Pero últimamente -quizás por la inmadurez que conlleva hablar con una estatua- no la había visitado mucho. En el horizonte, allí dónde se terminaba el lago, reinaban los árboles; ahora, con pinta siniestra. No me importaba que anocheciera. Para mí, el bosque era mi protección. De pequeña, cuando mi padre compró el Kensington Palace, los cuervos graznaban y me asustaban. Pero un día mi padre –en el fondo harto- en vez de meterme en la cama con él; cogió su caseta de campaña y me llevó al bosque. Aún recuerdo aquel día como si fuera ayer, yo tenía casi seis años:
Kensington Gardens, Londres.
03 de agosto. 01:46.
- Papá. ¿Estás despierto?
- Dime cariño, ¿qué te pasa?- susurró con su voz ronca.
- Tengo miedo.
- ¿De qué? No será del bosque ¿no?
- Sí. Es que los cuervos gritan mucho.
- Bianca, ¿recuerdas que Peter Pan vivía aquí? –era otra historia que tuvo que inventarse los primeros días que vivíamos aquí, para que me pudiera dormir porque no estaba acostumbrada a una casa tan grande, decía que Peter Pan, vivía en Kensington Palace; pero eso, es otra historia- Él te protegerá.
- No puede, creo que los cuervos se lo llevaron al bosque.
- ¡Pero Bianca…! –dijo con un tono desaprobador, pero cuando notó que tras la oscuridad me empezaron a brotar lágrimas; meditó y continuó- Tengo una idea; pero ¡sh! No hagas que tu madre se despierte.
- Vale.
Se deshizo de los pequeños brazos de mi madre y se dio la vuelta. Rebujó con cuidado entre los cajones de su mesita de noche y sacó una linterna, apuntó hacia mí y la encendió de golpe. Yo, deslumbrada por la luz, agarré mi osito de peluche y lo puse justo delante de mi cara y escondí mis ojos legañosos de la luz. Después mi padre apagó la linterna y tras unas pequeñas carcajadas se levantó de la cama, se estiró y me agarró de la mano diciendo sonriente:
- Eres increíble Bianca, odias la oscuridad, pero te escondes de la luz de la linterna.
- ¡Eso es trampa!- repuse.
No se molestó en contestarme, simplemente me llevó al vestidor, abrió el armario y sacó dos grandes chaquetones suyos. Luego, se arrodilló junto a mí y me arropó con uno de ellos:
- Espérame con Lucky en la entrada.
- ¿Vas a tardar mucho?
- No, sólo voy a coger un par de cosas.
- Vale. Pero, ¿y Amy?
- Ella se lo pierde. –me dio un beso en la frente y me hizo reír.
Bajé corriendo por las escaleras con las cholas de estar por casa y mi camisón de Peter Pan. Un par de veces estuve por caerme a causa de que el chaquetón era mucho más grande que yo, lo que hacía que me tropezará. Me sentí como una princesa con un vestido de cola largo huyendo de su casa; y eso, me hacía sonreír. Al llegar abajo, encendí la luz del gran salón para cruzarlo y cuando llegué al otro extremo, la apagué. Repetí la misma acción con el gran pasillo y con la sala pequeña. Cuando llegué al recibidor, encendí la luz y me senté al lado del paragüero, abrazando fuertemente a Lucky, mi osito de peluche. Me limpié los mocos con el camisón y me restregué la mano por los ojos. Estaba emocionada. No sabía que iba a pasar, pero si era con mi padre, todo era divertido, no como la bruja de mi hermana, -sí, en aquellos tiempos, mi hermana y yo teníamos una relación un poco extraña- que todo lo que yo hacía, le parecía de niña pequeña e inmadura. Papá, no tardó en aparecer vestido con el otro chaquetón, el pijama y unos tenis negros. Llevaba una mochila muy grande colgada en la espalda y un paraguas en la mano:
- Toma pequeña, ponte estos tenis.
- Pero papi, esos no me gustan – le dije haciendo pucheritos.
- No querrás que tus zapatos de princesas tan bonitos se ensucien, ¿no?
- Bueno, vale. –contesté enfurruñada.- pero, ¿a dónde vamos?
- Te voy a presentar a unos amigos que te protegerán de la oscuridad y el miedo del bosque.
- Pero papi, ya tenemos a Jake ¿no? –Jake, era nuestro guardaespaldas, que por aquella época era bastante joven y apuesto, además de que me tenía mucho cariño.
- Sí mi vida, pero son otra clase de amigos.
Yo, confusa me agarré de su mano y salimos fuera. Nos subimos en el carrito que utiliza mi padre para jugar al golf. Atravesamos los jardines hasta llegar a la gran valla que rodeaba el palacio y tocamos en la caseta del portero.
- Buenas noches Sandro, ¿nos puedes abrir?
- ¿Paseo nocturno Señor Hayes?
- Sí, toca enseñarle a la pequeña que el bosque no da miedo.
Sandro soltó una gran carcajada, y pulsando un botón, abrió la gran verja que nos separaba del bosque. No sabía de qué se reía. Si tanta gracia le hacía, ¿por qué su caseta no estaba fuera de la casa? A ver si se haría el valiente entonces. Tomamos la carretera principal. El enfado con Sandro se pasó inmediatamente –así era yo, no duraba enfadada ni medio minuto- y apareció la emoción. No me quería perder nada. Contaba las ardillas que veía y los pájaros que sonaban. Extrañamente no tenía miedo. Pero entonces, antes de terminar de contar dos ardillas que escalaban un tronco cercano al coche, papá dio un rápido giro al volante y aparcó a un lado. Habíamos llegado al lago. Al ver que él se bajaba, lo imité, pero cuando toqué suelo; la seguridad que me transmitía el coche, desapareció, y salí corriendo hasta mi padre.
- Papi, no quiero estar aquí. Esto da mucho miedo.
- Tranquila cariño. Ya verás, toma la linterna esto te protegerá.
En seguida la cogí y la encendí. Alumbré a todos sitios, para eliminar cualquier rastro malvado de bichos. Pero el juego se acabó cuando mi padre tras llamarme, me dijo que le ayudara. Me sentía muy importante siendo la cabeza de la excursión, alumbrándole el camino ya que sin mí, se caería. Llegamos a un claro en el bosque, junto con una marquesina. Entonces, paramos y tras haber montado la caseta de campaña, no sentamos en el banco. Había que reconocerlo, el lago desde allí era precioso; por muy oscuro y terrorífico pareciera. Me acosté sobre su regazo y me puse a mirar las estrellas, cuando dijo:
- Bianca, quiero presentarte a mis amigos del bosque.
- ¿Quiénes son papi?
- Atenta.
Me giré para ver mejor y poco a poco aterrizaron del aire pequeños animalitos. Forcé los ojos pero lo que vi, no me gustó: eran cuervos y búhos. Mi garganta ahogó el grito y escondí la cara en las piernas de mi padre:
- Diles que se vayan, no me gustan. –dije sollozando.
- Cariño, mira, son inofensivos.
- Estás mintiendo. – no me lo creía, era cierto, pero la curiosidad mató al gato y poco a poco asomé mi cabeza. Mi padre les estaba dando de comer. Y no parecían atacarle.
- ¿Por qué les das de comer?
- Porque si no les doy de comer, no tienen qué darle de cenar a sus hijitos que están llorando.
- ¿Por qué lloran sus hijos?
- Porque tienen hambre.
- ¿Por qué graznan?
- Para decirle a su familia que ya tienen comida.
- ¿Y eso es lo que oigo desde mi cuarto?
- Sí.
Poco a poco, me levanté curiosa. Mi padre, extendió la mano y me ofreció comida para que les diera a los animales. La rechacé y me quedé un buen rato observando cómo les daba de comer él, desconfiada. Peor no tardé mucho en convencerme de que no eran peligrosos y le robé un poco de comida a mi padre y se las lancé a los pájaros. Nos pasamos gran parte de la noche ahí.
- Papá, ¿y cómo los llamas?
- Peter Pan los llama con su trompeta.
- ¿Peter Pan tiene trompeta?
- Sí, se la regalé yo.
Fue uno de los mejores días de mi vida. Luego, nos fuimos a dormir y amanecí en mi cuarto. A partir de ahí, jamás le tuve miedo al bosque.
Más tarde descubrí que por mi sexto cumpleaños, mi padre había hecho construir una estatua de Peter Pan con una trompeta justo allí, al lado de la marquesina, para que me protegiera. Y así lo ha hecho hasta hoy. Pronto, mis sueños se convirtieron en metas, y las “cosas de adultos” en mis obligaciones. Dejé de hablar con Peter Pan y dejé de creer, y creo, que ese fue mi mayor error. Ahora, que tengo 12 años más, añoro esos momentos junto a la estatua. Pero hace tiempo que él no crece, mientras que yo aprendí a que yo si lo hacía, aunque más de una vez he soñado con dejarlo y continuar siendo niña. Y así me duermo, acurrucada en la marquesina pensando en el Peter Pan y la niña que jamás quiso crecer. Sin saber, que pronto, esta niña crecería demasiado rápido.






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